Antoni Gaudí, es sin duda, el arquitecto catalán más popular y reconocido en el ámbito internacional pero ¿ es real la imagen que tenemos de él como un genio aislado e incomprendido?
La respuesta la tenemos en la gran exposición que presenta el Museo Nacional de Arte Moderno de Cataluña “Gaudí” que rompe con los tópicos y mitos que construyeron en torno a su figura y que nos han querido vender por intereses turísticos y religiosos.
El arquitecto de Dios, ni era santo ni visionario, ni era huidizo ni un incomprendido, y menos un místico absente del mundo.
La muestra es el resultado de una magnífica labor de investigación por parte del comisario Juán José Lahuerta y de restauración por parte del Mnac
Incluye más de 650 dibujos, planos, muebles y objetos, documentos, fotografías y obras de arte del mismo Gaudí y otros arquitectos y artistas internacionales, como John Ruskin, Eugène Viollet-le-Duc, August Endell, Thomas Jeckyll, Owen Jones y Auguste Rodin. Es impactante el diálogo que Lahuerta plantea entre una maqueta de la fachada del Nacimiento de la Sagrada Familia y otra de la Puerta del Infierno, de Rueden. Son opuestas, pero los dos artistas les dedicaron mucha parte de su vida. En el caso de otras figuras que, como Owen, son consideradas fundadoras del concepto de diseño, la exposición revela cómo Gaudí importó sus ideas y las produjo en fábricas de aquí.
También son curiosos de ver los yesos que sirvieron para modelar las esculturas de la Sagrada Familia; las fotografías del Park Güell que formaron parte de la exposición dedicada a Gaudí en París en 1910 y que no se habían vuelto a exponer; o uno de los tapices realizados por Josep Maria Jujol por encargo de Gaudí para los Juegos Florales de 1907.
En el recorrido se descubre a un Gaudí de una «enorme complejidad», que capta como ningún otro artista las necesidades de la sociedad en la que vive, un tiempo de cambios radicales, y produce unas imágenes muy potentes.
El ejemplo más claro en la exposición es una escultura de la Sagrada Familia en la que el diablo entrega una bomba Orsini a un obrero: Gaudí concibe esta basílica como templo expiatorio de «los pecados del proletariado» que participa en ese momento en una violenta lucha de clases alimentada por el anarquismo y se enfrenta al pistolerismo patronal.
En el apartado de mobiliario destacan algunas piezas excepcionales y muy poco vistas, como una chaise longue y un tocador muy rompedor que Gaudí diseñó para Palau Güell, y que ahora son propiedad de la familia Güell, que los conserva celosamente y no los suele prestar, y buena parte del gran mueble que ocupaba el distribuidor del piso principal de la Pedrera, que después de reunir el rompecabezas de las piezas dispersas ahora vuelve a la luz una vez hecha una restauración que ha durado año y medio.
La arquitectura de Gaudí no es «formalista», sino simbólica, sostiene Lahuerta, es una arquitectura absolutamente comprometida con la vida de una Barcelona rota por la lucha de clases y las transformaciones artísticas radicales de la Europa convulsa del 1900.
La exposición también muestra la relación que Gaudí mantuvo con Eusebi Güell, su mecenas y entonces el empresario más rico de España, que puede recordar al vínculo que mantuvieron Luis II de Baviera con Richard Wagner, y que se concretó en un «programa principesco»: un palacio en el corazón de la ciudad antigua, un parque suburbano y un templo.
Hombre de ideas profundamente religiosas, Gaudí evidencia su preocupación por la redención de la Iglesia y de la patria a través en su proyecto de «restauración litúrgica» de la Catedral de Mallorca, que resuelve desplazando todos los elementos de su posición original para alcanzar nuevos significados simbólicos, y por el uso de técnicas y lenguajes más experimentales, con el diseño del mobiliario, las pinturas del coro o el uso de la tricromía en los vitrales.
Se cierra la exposición con la «doble fortuna» de Gaudí tras su muerte en 1926, a nivel local, pero también a nivel universal, cuando el Movimiento Moderno hace del arquitecto un «precursor» de las vanguardias y un «maestro» inopinado de artistas como Miró, Dalí o Tàpies.
Tras su exhibición en Barcelona, la exposición, que ha contado con el préstamo de 74 instituciones y colecciones de todo el mundo, viajará a partir de abril del próximo año al Museo de Orsay de París.




























































































































