Hay quienes regresan de un viaje con un pasaporte lleno de sellos, un billete de tren olvidado entre las páginas de un libro o una maleta repleta de fotografías. Yo regreso con algo diferente: colecciono instantes.


Viajar es una de mis mayores fuentes de inspiración. Cada ciudad tiene su propio ritmo y una forma única de despertar. Me gusta descubrirlas antes de que el bullicio tome sus calles, cuando el silencio todavía acompaña los primeros pasos del día y la luz comienza a transformar la arquitectura. Más que los grandes monumentos, me cautivan esos detalles que suelen pasar desapercibidos: una fachada con historia, un balcón lleno de flores, el reflejo de la mañana sobre los adoquines o la vida cotidiana que transcurre sin artificios. Son esos instantes, tan sencillos como irrepetibles, los que guardo en la memoria y, más tarde, encuentran su lugar en mis acuarelas y óleos.
Supongo que siempre he viajado así, incluso antes de recorrer el mundo.
Nací en Buenos Aires en 1976, en una familia donde el arte nunca fue un visitante, sino un habitante más de la casa. Soy sobrina nieta de Don Cesáreo Bernaldo de Quirós y crecí rodeada de cuadros, libros y conversaciones que despertaban mi imaginación. Mi madre fue mi primera compañera de viaje artístico. Sus libros de pintura fueron los primeros países que conocí. Antes de caminar por ciudades lejanas, recorría sus páginas una y otra vez, descubriendo colores, paisajes y artistas que me enseñaron que también era posible viajar sin moverse del sitio.
Quizá por eso empecé a pintar siendo una niña.
Con los años entendí que no buscaba copiar aquello que veía. Lo que realmente quería conservar era la emoción de haber estado allí.
Después regreso. Y es entonces cuando los recuerdos encuentran su verdadero destino.
Mi estudio se convierte entonces en una estación donde desembarcan todos esos recuerdos. El atril me espera como un viejo compañero, los pinceles descansan sobre la mesa y las acuarelas comienzan a mezclarse con los óleos mientras el amanecer entra lentamente por la ventana. Ese es mi momento favorito del día. Cuando todo permanece en silencio y puedo volver a caminar, esta vez con la imaginación, por aquellas calles que todavía viven dentro de mí.
Muchas personas me preguntan qué ciudad me inspira más.Nunca sé que responder.
Porque, en realidad, no pinto ciudades… Pinto la sensación que dejaron en mí.





Mi formación en Bellas Artes me enseñó a comprender la composición, el dibujo y el color. Más tarde, mi carrera en ciencias económicas me regaló otra forma de mirar: la estructura, el orden, la precisión. Con el tiempo descubrí que ambos mundos podían convivir perfectamente sobre un mismo papel. La arquitectura se convirtió en uno de los grandes protagonistas de mi obra, pero siempre acompañada por aquello que no puede medirse: la emoción.
Me gusta que quien contempla mi pintura pueda recorrerla despacio. Que descubra un rincón que no había visto al principio, que imagine quién vive detrás de una ventana o qué historia guarda una plaza al caer la tarde. Si consigo despertar esa curiosidad, siento que el viaje ha merecido la pena.


Mi propio recorrido también ha seguido sumando destinos.
He tenido la enorme alegría de presentar mi trabajo en diferentes espacios de Argentina y del exterior. Recuerdo con especial cariño mi exposición individual en una histórica casona de San Telmo, mi muestra en el Palacio Paz – Círculo Militar y la emoción de participar en el Carrousel du Louvre, en París, donde comprendí que el arte habla un idioma capaz de cruzar cualquier frontera.
Este año el mapa vuelve a desplegarse delante de mí.
En agosto formaré parte de la exposición Nueve Voces en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, como artista miembro del grupo de Nazli Kalayci Art Dealer. En octubre regresaré al Carrousel du Louvre y, pocos días después, viajaré a Barcelona para presentar diez acuarelas que resumen una parte muy especial de mi recorrido artístico.



Cada exposición es como abrir una nueva página de este diario.
Nunca sé qué paisaje será el siguiente, qué ciudad me regalará una nueva historia o qué rincón terminará convertido en acuarela. Y, sinceramente, creo que esa incertidumbre es una de las cosas más hermosas de viajar.
Hoy sigo pintando con la misma ilusión con la que empecé de niña. Continúo confiando en mi intuición, en mi mirada y en esa emoción que aparece cuando un lugar consigue quedarse conmigo mucho después de haberlo dejado atrás.
Al fin y al cabo, mi verdadera maleta nunca lleva demasiada ropa. Siempre vuelve llena de luces, colores, silencios y recuerdos.
Mientras existan caminos por recorrer, seguiré pintando. Porque hay lugares que desaparecen de los mapas con el paso del tiempo, pero nunca de la memoria. Y, a veces, basta un lienzo para volver a ellos.
Instagram: @obrasmariaximenataranto
Autoría reportaje: Beatriz Vivar
Fotografía: cedidas y autorizadas por María Ximena Taranto