El hombre, desde la antigüedad, ha sentido la necesidad de reflejar la evolución que ha sufrido el paisaje a lo largo de la historia, queriendo representar ese vínculo con la naturaleza, ese inmerso taller de luz, de fuerza y magia únicas de los paisajes.
Rodeados de un mundo tan inspirador, es natural que todo tipo de artistas basen en la observación personal y de lo que le rodea, su imaginario más poderoso, por eso es posible que una pintura nos transporte a un tiempo y un lugar exacto con tan sólo un vistazo…
Versiones únicas de lugares conocidos, pasados por el tamiz de la genialidad. Los impresionistas se enamoraron del dramatismo de las tierras normandas y se dejaron llevar por la luz del Sur de Francia. William Turner, el gran paisajista inglés, dejó inmortalizados sus viajes por Europa, desde la bella Venecia a los Alpes. Monet, Cézzanne y Housaki reinterpretaron una y otra vez los paisajes que veían a diario, los nenúfares del estanque delante de su casa, la montaña de Saint Victoire y el Monte Fuji.
Y ahí quedan las escenas cotidianas de Delft de Vermeer o del Suffolk de Constable y los lejanos y exóticos paisajes de Tahití que conmovieron a Gauguin y Matisse.
Y fue desde la soledad del manicomio de Sant Remy donde el contravertido pintor Van Gogh fascinado por la luz de la zona, pintó alrededor de 150 cuadros en tan sólo 1 año. Y allí desde la ventana de su habitación encontró la inspiración para crear La noche estrellada, el cuadro que mejor ha representado y acompañado a su obsesiva personalidad.
Y si para estos genios el paisaje ha sido fuente de inspiración, para nuestro invitado de hoy no lo es menos.

















