Desde siempre, el arte ha sido su brújula. Mireia Villar nació en Barcelona, y desde niña sintió la llamada del color, la forma y la textura. Antes de aprender a escribir, ya dibujaba. Cada pared, cada hoja en blanco, cada cuaderno escolar era testigo de su necesidad incontrolable de plasmar el mundo a través de sus ojos. No era un simple pasatiempo, era una forma de respirar.
Con sólo siete años comenzó a asistir a clases de pintura. Ahí, los pinceles se convirtieron en aliados y el lienzo en refugio. Años después, mientras cursaba Bellas Artes, su vida tomó distintos caminos: exploró el diseño gráfico, la escultura y, por supuesto, la pintura. Pero en su interior, el arte llamaba con más fuerza. Había llegado el momento de tomar una decisión. ¿Seguir la lógica o entregarse a la pasión?
Eligió la pasión.


Mireia es una artista autodidacta y multidisciplinar. Su inspiración brota de los rincones más inesperados: una fachada desgastada por el tiempo, el reflejo de la luz en el agua, la danza de las olas, la textura de una hoja otoñal. Cada experiencia vivida, cada calle recorrida, cada emoción sentida se transforma en color, en gesto, en energía sobre el lienzo. La naturaleza, en todas sus formas, se convierte en musa.
Pero si hay un elemento que la atrapa, es el agua. Fascinante y misteriosa, el agua es renacer y destrucción, calma y fuerza, pureza y caos. En movimiento o serena, transparente o reflejada, siempre la sorprende y la inspira. Sus obras son el eco de su fascinación por este elemento que fluye, como ella, sin límites.

El proceso creativo: donde el alma habla
Mireia no se ata a reglas. Pinta con acrílicos y técnica mixta sobre lienzo y papel. Cada obra nace de la libertad gestual, de la fusión de capas que dialogan entre sí, del azar y la intención. Pinceladas espontáneas, trazos enérgicos, salpicaduras de color, líneas de lápiz y pastel… todo se entrelaza en una composición que vibra, que respira, que siente.

Cada cuadro es un diario visual de su vida. Sus colores hablan de lugares visitados, encuentros y despedidas, alegrías y nostalgias. En su búsqueda incesante de nuevos matices, sus paletas exploran la emoción, el contraste, la armonía. En su arte, Mireia nos invita a viajar con ella, a perdernos en su mundo de texturas y formas, a descubrir lo que se esconde entre las capas de color.
«Todo se funde cuando dejo fluir libremente el gesto. El lienzo es el lugar donde mi alma habla en voz alta»«
Su obra es, en esencia, un viaje sin destino fijo, un mapa de emociones que nos conecta con lo más profundo de la existencia. Porque el arte, como el agua, siempre encuentra su camino.
Arte con conciencia: el poder de transformar
El arte de Mireia no sólo busca la belleza, sino también despertar conciencia. Su profundo respeto por la naturaleza la impulsa a crear de manera responsable con el entorno, entendiendo que cada obra puede ser un mensaje de cambio. Inspirada por el Drap-Art, un movimiento nacido en Barcelona para optimizar recursos y minimizar el impacto ambiental, Mireia recupera y recicla materiales de desecho, dándoles una nueva vida a través de su arte. Su proceso creativo es un acto de amor y responsabilidad, una invitación a repensar nuestro vínculo con el planeta. Porque el arte, además de emocionar, puede transformar.
«Soy buceadora desde muy joven y mi pasión por el mar hace que tome gran conciencia del enorme vertedero en que lo hemos convertido. ¡No debemos olvidar que somos básicamente agua! «


Su escultura
Cada obra de Mireia es un espejo en el que el espectador se reconoce, una invitación a detenerse y mirar más allá de los colores y las formas. Sus piezas no solo cuentan historias, sino que despiertan recuerdos, emociones y momentos que creíamos olvidados.
» Todas mis esculturas surgen del concepto o idea trasladada tras una canalización previa a una meditación»
Sus personajes, esos pequeños duendecillos que habitan sus creaciones, son más que simples figuras: son nuestra conciencia juguetona, nuestro reflejo en un mundo donde a veces olvidamos reír o detenernos a sentir. Nos observan con dulzura, nos guiñan un ojo, nos susurran al oído sin más intención que arrancarnos una sonrisa o acompañarnos en silencio en nuestro viaje.
Porque el arte no sólo embellece, sino que transforma. Nos invita a repensarnos, a conectar con nuestra esencia y, sobre todo, a emocionarnos. En cada trazo, en cada textura, en cada destello de color, Mireia nos recuerda que la vida, al igual que el arte, es un camino de descubrimiento constante.




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