Una mujer entra al bosque. No busca nada en particular, pero algo —una presencia, una vibración casi imperceptible— la obliga a detenerse. No hay ruido, no hay movimiento. Sólo una certeza: está siendo observada. No por alguien, sino por algo más antiguo. Algo que no necesita hablar.
Gaby Elliot conoce bien ese instante.
Su obra nace ahí, en ese punto exacto donde la naturaleza deja de ser paisaje y se convierte en conciencia.
En las obras de Elliot, la piel no es piel. Es corteza. Es raíz. Es tiempo.
Las texturas orgánicas —esas vetas que recuerdan a la madera, a la tierra resquebrajada, a los surcos del paso de los años— no decoran la figura: la constituyen. Cada rostro parece haber emergido del bosque más que haber sido pintado.
Sus mujeres no están en la naturaleza. Son naturaleza.
Pero si hay algo profundamente inquietante y, al mismo tiempo, sereno en esas miradas son sus ojos.. Ojos que no piden ser entendidos, sino reconocidos. Como si guardaran una memoria anterior a cualquier lenguaje.
Autodidacta, con un recorrido enriquecido por talleres junto a artistas como Ricardo Celma, José Chaya o Rodolfo Insaurralde, Elliot fue construyendo una técnica sólida sin perder nunca lo esencial: la intuición como brújula.
Pero lo verdaderamente decisivo no ocurrió en un aula.
Ocurrió en el silencio.
En ese espacio donde —como ella misma sugiere— « lo humano empieza a disolverse y a confundirse con algo más antiguo, más esencial» Ahí nace su lenguaje: una fusión entre hiperrealismo, impresionismo y abstracción que no busca definirse ni responde a corrientes , sino a una necesidad interna de integrar y sentirse.
Su serie más reciente, «Centinelas del Bosque» funciona como una declaración silenciosa
«Donde habitan mis silencios, surgen mis miradas» dice la artista» Esa frase podría ser la clave de lectura de toda su obra.
Aquí, cada figura femenina es guardiana de algo que no se ve pero se siente. Los animales que las acompañan —ardillas, aves, felinos— no son decorativos: son aliados, mensajeros, extensiones de una misma conciencia natural.






En una de las piezas más potentes, un puma acompaña a una de estas mujeres. No hay gesto de dominio ni tensión dramática. Hay calma. Presencia. Una fuerza que no necesita imponerse. Elliot lo describe como un reflejo de su propio camino: la autonomía, la intuición, la confianza en avanzar sin ruido.
Y es ahí donde su obra toca algo profundo: en lugar de interpelar desde lo explícito, invita desde lo sutil.
No busca impactar. Busca resonar.





Su recorrido expositivo acompaña esa misma lógica orgánica. Desde muestras individuales como BADA 2024 en Galería Braque o “Expo Formosa”, hasta exposiciones colectivas en espacios como The Open Gallery, Banco Ciudad o participaciones internacionales como el concurso FIKVA en Bélgica —donde fue seleccionada entre los 150 mejores artistas entre 1500—, Elliot ha ido consolidando una presencia firme, sin perder coherencia.




Trabaja con acrílico, óleo, carbonilla y grafito, pero más allá de la técnica, hay algo constante: una búsqueda por capturar lo invisible.
En tiempos donde todo parece acelerado y fragmentado, la obra de Gaby Elliot propone lo contrario: Detenerse, Mirar, Escuchar…


Sus pinturas no exigen atención inmediata, no buscan decorar paredes, buscan abrir grietas. Cada obra parece responder a una necesidad interna. Se revelan de a poco, como el bosque al que pertenecen. Y en ese proceso, algo cambia: el espectador deja de ser sólo observador y se vuelve parte de ese diálogo silencioso.
Quizás esa sea la verdadera fuerza de su trabajo. No la de mostrar algo nuevo, sino la de recordarnos algo antiguo: que no estamos separados de la naturaleza y que en algún lugar- muy adentro – seguimos siendo parte de ella.


Su obra estará expuesta en la gran exposición colectiva «Intersección II « junto a otros 36 artistas en la Galería d´Art Mar de Barcelona organizada por la curadora de Arte Nazli Kalayci del grupo artístico Nazli Kalayci Art Dealer . del 12 de mayo al 8 de junio.
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@gabyelliot